domingo, 3 de noviembre de 2013

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Quizá sea algo estúpido, o quizá no. Quizá gracias a esto haga de mal narrador, o quizá no. Simplemente, como el tercero que soy y que te cuenta esta breve, te confieso que los momentos relevantes me aburren y estorban. Cuando mantienes una conversación con alguien y éste te comenta cosas que no aportan nada a la charla -como la hora a la que se lavó los dientes la noche anterior, la barbarie de kleenex que usó para deshacerse del tapón de mocos que no le dejaba respirar, pues había cogido un resfriado monumental la semana pasada, porque en la oficina tenían puesto el aire acondicionado y no hacía calor como para ponerlo, blablablá- me resulta factible, y en ocasiones hasta obligado, suprimirlas. No creo que a alguien le importe que hoy desayunases un zumo de naranja sin pulpa, bien colado y de x marca, o que lleves puesto en calcetín distinto en cada pie; y si lo hace, entonces preocúpate por esa persona, porque si le gusta tanto oír ese tipo de cosas, su vida no debe de ser muy interesante.
Y tras este prólogo -por llamarlo de alguna manera- te digo que abolir situaciones relevantes como las que ya han ocurrido nunca está de más.
 
                                                          
 
Los pies descalzos pisaban y arrastraban la manta por el frío suelo de la habitación, a paso acelerado pero a la vez corto y cansado, como el de cualquier otra persona que acábase de levantar. Por entre los dedos de los pies se colaba una brisa fresca y matutina que invitaba despertar, que te cogía por los hombros mientras te zarandeaba suavemente, y, como cada mañana, te susurraba al oído que tenías muchas tareas pendientes y que veinticuatro horas se volvían pocas. 
Aquel iba a ser un día helado, lo podía sentir en sus huesos. El aire que se peleaba con las cortinas para poder adentrarse en la habitación recorría todo su cuerpo, desde los tobillos hasta la nuca, provocándole escalofríos que le cruzaban la espina y que hacía el vello de su cuerpo se erizase. Le castañeaban débilmente los dientes y las manos se frotaban la una con la otra, para luego agarrar con violencia -y hasta arañar- el brazo opuesto e intentar proporcionarle calor, pero sus dedos congelados anulaban cualquier proyecto de calefacción reflexiva. Resopló y alargó la mano hasta la percha que se encontraba al lado de la puerta, agarrando la bata gris de terciopelo viejo y gastado, con manchas aquí y allá: algunas de chocolate a medio quitar, otras enormes y pegajosas de babas y mocos de perro, de sangre, pintauñas, productos de limpieza, y hasta de alcohol. Cuando la tuvo puesta, colocada y abrochados los botones, dio tres pasos en sentido contrario a lo normal y se colocó en el lugar donde quería ir desde que fue consciente de que estaba dispuesta para afrontar el día que le esperaba: ante el espejo. Mas allí, frente a ella, no había nada. Un cristal inclinado, y nada más. Pintura blanca en las paredes, unas cortinas bailando con la brisa, un colchón y una almohada en mitad de un suelo de hielo, y en el reflejo del espejo una chica de cristal. Pero aun así, todo era relevante. Nada de suma importancia ella veía allí. En su cabeza, donde te adentrabas para ver lo que ella percibía, sentía y pensaba, no había nada. Sus ojos estaban clavados en el frío del espejo, recortando con la mirada la silueta de ella misma, observándose a sí con ira y confusión, provocada por... ¿por qué? Si allí sólo había vacío. Eso, y ahora para ella, una extraña igual a sí, de otro lugar en otra habitación exacta a la suya, mirándola con los mismos sentimientos que los suyos, esperando con la misma ansia que ella a que alguna estúpida pregunta, como "¿quién eres?" o "¿por qué me estás mirando?" saliese de su tintineante boca. Pero entonces, el reflejo le devolvió una mirada de cazador gustoso y se deshizo en la blancura de la mañana, ante sus ojos, presentándole por un momento el fondo de la habitación, y de nuevo, a la real ella obnubilada ante el espejo.

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